Sueños de la infancia

By Marta Gaba - January 12, 2018


Siempre regreso a los recuerdos de mi infancia. 

En esos momentos con la vida de estreno, se marcaron a fuego en mi joven espíritu ideas, sueños, anhelos... y tenía la certeza de que podría cumplirlos. 

Dos elementos importantes surgen del comentario anterior: tener aspiraciones y la convicción de alcanzarlas.

Como comento siempre, en casa se leía mucho. Mi abuela nos llevaba (a mi prima y a mi) todos los meses al cine (recuerdo el cine Los Angeles, en la calle Corrientes), a pasear por librerías, a conocer restaurantes y probar platos que nunca comíamos, para ver si nos gustaba. Tres de mis tíos eran músicos del Teatro Colón, así que íbamos por allá y tuvimos un acercamiento temprano a la música. Como se dice ahora, estábamos estimuladas.

Las selecciones del Reader's Digest me hacían imaginar mundos que deseaba conocer... No tenía dudas que lo lograría estudiando mucho (como me decían en casa). Existía ese convencimiento de que todo era posible. En mi diario escribía todos los días esos sueños con muchísimas descripciones. Jugaba a que vivía esas realidades futuras.


En cierto modo, sentía que el mundo me estaba preparando para alcanzar mis sueños: a los 11 años quería ser abogada y dedicarme a defender mil causas humanitarias, aunque también me gustaban los deportes y ser ingeniera agrónoma ... Quería también escribir y pintar, viajar por el mundo, dar clases en lugares insólitos, hablar muchos idiomas para poder conversar con las personas en los países que visitara... Y allí mi familia fue el soporte ideal, lo mismo que mis maestras de primaria de la escuela pública, que alentaban mis locuras y me decían que era posible. Cuando pasé al colegio de monjas, hubo hermanas que advirtieron mi vocación y me orientaron. La hermana Gloria me prestaba libros y en los recreos me alcanzaba láminas para que pudiera practicar en casa dibujos más complicados.

Cuando sos chico, que los adultos tomen como algo natural tus sueños y te vayan guiando, es muy importante. Con sencillez, sin grandes aparatos... solo poniendo a disposición algunas cosas que te van abriendo al mundo y ayudándote a construir confianza en vos mismo.

Por eso, cada vez que voy alcanzando alguno de mis sueños, me pongo a pensar en esa chiquita que en las siestas interminables del conurbano jugaba a dar clases en la selva y buscaba en los mapas los lugares del mundo que pensaba visitar. Cuando viajé por primera vez a México allá por la década del noventa (¡el siglo pasado!) y di talleres en poblaciones remotas y selváticas de Chiapas, sentí que aquella nena flequilluda estaba conmigo. Esa nena y las maestras que me alentaron, mis abuelas y mis padres que iban dejando pistas para fortalecer los sueños...

Por eso, seamos faros en el mar inquietante de la infancia. Alentemos a chicos y chicas por igual, sin hacer distinciones basándonos en prejuicios. Mostremosles mundos posible, hablemosles de esos seres maravillosos que se esfuerzan y logran sus metas. Hagamos que conozcan líderes del mundo que valgan la pena, no estrellitas del momento y caudillos de republiqueta. Claro, en mi infancia  teníamos a mano a Luther King, la Madre Teresa y Gandhi era un nombre conocido por todos. Reafirmemos que cambiar el mundo que es posible.

Y todo esto, sueños y anhelos, se concretan y perduran con una educación que no se queda en los libros sino que enseña valores, principios, convicciones y metas. 

#SoloLaEducación los hace posibles.

(las imágenes que acompañan este texto pertenecen a mi diario personal de cuando tenía 11 años).


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