Sólo la educación

By Marta Gaba - January 05, 2018


Cuando era chica, la escuela y los maestros eran respetados y tomados como modelo. Recuerdo la admiración de mi mamá y mis abuelas cuando, al referirse a una prima lejana, decían: "Es maestra". Por aquel entonces, la educación era considerada un valioso recurso para la movilidad social. Nuestros padres realizaban muchos esfuerzos para que estudiásemos, convencidos que así nos iba a ir bien en la vida.

En casa no sobraba nada: mis padres trabajaban todo el día y yo me crié entre una legión de tíos, abuelos y primos mayores. Los más chicos íbamos a la escuela y, al regresar, los adultos nos ponían a hacer los deberes. Eso no era negociable: primero las tareas, después salir a jugar.

Mi abuela Cora repetía como una letanía, ante mis reclamos y anhelos: "¡Estudiar!". Cada vez que yo decía: "Quiero comprarme todas las muñecas", "Quiero ir a pasear", "Quiero un vestidito nuevo", la respuesta de mi abuela era: "¡Estudiar!" y así lo dejé plasmado en una entrada del diario de la infancia. Mi abuela creía firmemente que la escuela me daría las herramientas para tener una buena educación, ingresar a la Facultad para obtener un título y ser una persona culta e informada. La educación era un pasaporte para el futuro, para un presente rico en experiencias y un recordatorio de los hechos del pasado.

En consecuencia, no solo recibía juguetes para los cumpleaños y Reyes: los libros siempre estaban presentes. Al principio, eran coloridos ejemplares con los personajes de Disney, con más dibujos que letras... Después vino la colección Robin Hood y las aventuras de Sissi de Editorial Bruguera. Mis padres compraban cuanta enciclopedia coleccionable por fascículos aparecía en el mercado: así conocí mil y una historias con Fabulandia, además de informarme con Monitor y la siempre presente Selecciones del Reader's Digest. Recuerdo que mi papá marcaba con una cruz los artículos que podían interesarme de acuerdo a mi edad y me iba adentrando de a poco de las cosas que sucedían en el mundo.

No se me cruzaba por la cabeza la opción de no estudiar. Era lo razonable. Como desde muy chica tuve el berretín de viajar y conocer el mundo, estar en los palacios que veía en los libros y conversar con las reinas y princesas, mi abuela Cora aprovechaba y sembraba la semilla. "¿Y cómo vas a hablar en Inglaterra si no estudiás inglés?", "¿Cómo te van a entender en ese viaje a Francia si no hablás su idioma?". Así fue como los idiomas entraron en mi vida.

Lo que quiero resaltar con estos recuerdos es que la educación se visualizaba como el ticket de ingreso a un mundo posible. Era importante para forjarse un camino en la vida. En aquellos días algunas chicas también recibíamos instrucción de muchas otras disciplinas: por ejemplo, de tarde yo asistía puntualmente a mis clases de Corte y Confección. "Es bueno que puedas coserte tu ropa, porque una nunca sabe lo que puede pasar", decía mi mamá.


Esto es lo que recibí como herencia de mis mayores: el convencimiento de que sólo la educación puede ayudarnos a avanzar, como personas y como sociedad. Una educación viva, presente, que acompaña las etapas de la vida y está en continua evolución. Una educación que no es un injerto ni una carga, sino todo lo contrario: algo natural y que se realiza y fomenta con alegría.-

  • Share:

You Might Also Like

0 comentarios

¡Gracias por compartir tus opiniones!