La protesta en tiempos de la cólera

By Marta Gaba - January 10, 2018


Estamos viviendo en tiempos de furia. Así como García Marquez hablaba del amor en tiempos del cólera, aquí podemos hablar de la protesta en tiempos de la cólera. Las personas parecen haber olvidado las buenas maneras, el diálogo y la negociación. Todo se reduce a acción y reacción. Me entero de algo, no me gusta, protesto.

La sociedad parece estar retomando el camino hacia un estado previo al contrato social. Ya no importa que existan normas de convivencia: las personas hacen lo que quieren, los jueces permiten que los detenidos entren por una puerta y salgan por la otra y los ciudadanos de bien observan por TV el gran desmadre ético que nos dejaron tantos años de impunidad. Alguna vez Emilio Pérsico dijo que "se trata de golpear primero y, después, negociar." Toda una definición de la filosofía que guía a estos grupos. Hablan de "lucha reivindicativa": jamás de construcción colectiva.

La vida diaria es un muestrario de incumplimiento de normas y falta de educación cívica por parte de numerosos grupos: no se respetan los derechos ajenos ni las formas pacíficas de resolución de los conflictos; no se mantienen diálogos ante las diferencias y las reglas mínimas de cortesía se van perdiendo. Se han puesto de moda los programas televisivos donde todo el mundo grita, pelea y se insulta.
 
Un país donde se produce tal incumplimiento de normas está evidenciando algo. Por lo pronto, que existe un nutrido grupo de ciudadanos que está siguiendo normas diferentes a las que establece el marco normativo nacional (las reglas míticas) y esto porque el grupo de mención se identifica con otros códigos que no son los vigentes: en una sociedad anómica existe una aceptación tácita de la transgresión a las reglas míticas porque es una sociedad a la que le están faltando normas de orden moral.
 
La palabra anomia deriva del griego "a”, que indica privación, falta de algo; y “nomos”, que significa ley o norma. Y es en esta última parte, en nomos, que deseamos focalizar nuestra atención. Nomos no alude a cualquier tipo de norma; nomos no es la ley en el sentido que la conocemos, sino que se trata de un imperativo de tipo moral. Para explicar este punto, necesitaremos hacer un poco de historia:

Ante todo, recordaremos la distinción entre justicia general y justicia particular. La primera es una actividad conforme a la ley moral; la segunda consiste en un esfuerzo por dar a cada uno su parte, lo que constituye, en definitiva, el derecho. Revisando los orígenes medievales de la filosofía jurídica, veremos que ésta ha surgido de la teología. Los teólogos tienen como su primera lectura a la Biblia y allí han encontrado la Torah. Ahora bien, la Torah es algo muy distinto del Dikaion o el Jus. La Torah es un conjunto de imperativos que indican las conductas que deben realizarse o evitarse en tales o cuales circunstancias. La Torah se relaciona con la justicia general (empa-rentada con la Zedaka judía) y no con la justicia específica en sentido aristotélico. La Torah es una ley moral. Con la traducción de los Setenta y en la patrística griega, la Torah tomará el nombre de nomos. Entonces, anomia hace alusión a la falta de normas de orden moral.

Una sociedad anómica es una sociedad a la que le están faltando normas de orden moral. Y cuando hablamos de moral, se trata de la moral específica de una determinada sociedad. La anomia puede deberse a que las normas preexistentes se han derogado o que nunca han existido. Bajando la cuestión a un nivel más concreto, la pregunta que corresponde formularse es: ¿Argentina es una sociedad anómica? Si es así, ¿hasta dónde llega nuestro grado de anomia? 

¿Por qué las personas se ven tentadas a actuar (y de hecho lo hacen) en el sentido contrario a lo que establecen las reglas morales del país? Lo hacen porque ya no se identifican con sus preceptos. Una vez más, abandonan las reglas míticas y actúan conforme los códigos prácticos, que vienen a ser algo así como la actualización de la moral pública de un grupo determinado (y parece ser que muchos grupos y políticos profesionales tienen sus propios códigos).

Que una sociedad (ciudadanos y dirigentes, oficialismo y oposición) se encuentre anómica no significa que no siga ninguna regla: no sigue las nomoi, las normas morales porque se han vaciado de contenido y han creado sus propios códigos prácticos con los que llenan ese vacío. Y los continuos cortes y piquetes, destrozos y vandalismos en las protestas son síntomas de este estado de anomia. Ya nadie cree en lo que dice la ley y, en el caso de creer, hacen lo que mejor les parece, porque también desconfían de políticos, jueces y funcionarios.

Fueron muchos años de crear un relato donde se decía una cosa y se hacía otra. Años de discursos pletóricos de conceptos populistas cuando en realidad se estaba viviendo bajo una burocracia patrimonialista, que llenaba sus arcas mientras hablaba de derechos sociales. Años de domesticar a las personas con dádivas y prebendas. Años de suplir el trabajo digno con planes sociales, a un punto tal que ahora cuesta modificar el estado de cosas.

Pero no nos engañemos: no estamos frente a protestas sociales pacíficas y espontáneas. No estamos frente a ciudadanos que deciden exponer sus reclamos después de agotar todas las vías como en una institucionalidad normal. Cada grupo tiene su liderazgo e ideología, aliados estratégicos y recursos para financiar sus movilizaciones. 

Desde el Estado se puede y se debe analizar esta situación e informar claramente a los ciudadanos que pagamos impuestos, votamos y queremos que nuestros elegidos conduzcan el país. Queremos que se investigue y que quien destrozó propiedad pública o privada en una protesta, pague por sus hechos. Que quien incitó a la violencia y produjo lesiones a otros sea juzgado, tanto manifestantes como fuerzas del orden. Y queremos que se investigue y se nos haga saber quiénes están detrás de los grupos que incitan a la violencia.

Sobre esto hay que poner la lupa. Para diferenciar la paja del trigo. Para que quien tenga un reclamo legítimo pueda hacerlo y proteste legítimamente cuando corresponda, sin ser funcional a un grupo de que detenta la patente de corso del reclamo social.-


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