Extracto de un capítulo de mi libro "Ciberia", de próxima edición

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Ejercicio de imaginación

            Situémonos en 1991. Un año tomado al azar. En la radio se escuchaba “Ice Ice Baby”, Erasure arrasaba entre el público joven y “3 am eternal” de KLF era prohibido para su difusión en la BBC durante la guerra del Golfo porque comenzaba con una ráfaga de ametralladora.

            La mayor parte de la humanidad vivía en un mundo analógico.  Recién hacía dos años desde que Tim Berners-Lee había inventado algo llamado World Wide Web y todavía faltaban cuatro para que Larry Page y Sergei Brin (los inventores de Google) se conocieran. Mark Zuckerberg tenía siete años.

            Yahoo nace en 1995 y Hotmail en 1996.

            Como decía, vivíamos en un mundo analógico con problemas analógicos. Si yo quería conocer a una persona que era amiga de un conocido mío, se lo comentaba a éste y se arreglaba el modo en que podíamos conocernos. No era fácil conseguir contactos profesionales. Había que asistir a reuniones y congresos, repartir tarjetas, conseguir que alguna publicación aceptara nuestros escritos… Había que trasladarse físicamente, se podía tener solo una reunión o conversación por vez y para enviar propuestas o proyectos a alguien debíamos escribirlo en un papel y enviarlo por correo postal o fax.

            Pero ahora tenemos una vida disociada entre el mundo analógico y el digital. Nuestras horas transcurren entre encuentros físicos y digitales y atravesamos las fronteras desde un mundo regulado a otro que, en principio, no lo es.

            Cuando creamos un grupo en Facebook o en Google o en cualquier sitio de Internet, estamos creando una comunidad en la que se consensúan las políticas o se adhiere a ellas (si nos unimos con posterioridad). Los miembros del grupo deciden quien ingresa y quien no y organizan dispositivos de control y vigilancia. También establecen mecanismos internos de reconocimiento.

            En este mundo digital aparecen una serie de prácticas que no eran conocidas en el analógico y otras que se han adaptado. Lo interesante es que muchas personas transcurren gran parte de sus horas en el mundo digital y no conocen su cultura. Es como estar en un país extranjero sin conocer el idioma ni las costumbres.

            La cultura digital cuenta con una serie de prácticas, ideas, propuestas y construcciones que es necesario conocer para sentirnos nativos en lugar de turistas.  Si queremos aprovechar el territorio al cual hemos ingresado, disfrutarlo e interactuar con otros, tenemos que conocer sus códigos.

(continúa en el libro impreso)