Haití, seis meses después


Llegué al aeropuerto Toussaint Louverture de Puerto Príncipe el 26 de julio a las 8:15 de la mañana. Habían pasado ya seis meses y catorce días desde el terremoto y las noticias que me habían llegado decían que todo estaba igual que después de la tragedia. Al bajar del avión, lo primero que me impactó fue el calor agobiante, húmedo, omnipresente, molestia que pasó a segundo plano cuando me atrapó la calidez de su gente. Una banda de música tradicional daba la bienvenida al particular grupo de los que recién llegábamos: cooperantes de diversos países, haitianos que estaban residiendo de forma temporal en Miami desde el terremoto, funcionarios de organismos internacionales… Una amiga que estaba trabajando desde hacía un mes en Haití fue a recibirme: Yasmina Tippenhauer, del Centro Cultural Tierra Incógnita con sede en Ginebra. Yasmina vino en una camioneta conducida por Air France Isaac, el chofer que nos acompañó durante toda la estadía. Menciono a Air France porque a los argentinos nos asombra bastante escuchar los nombres con que son bautizadas algunas personas de otros países: no es extraño conocer a alguien llamado Usanavy o Usaid en aquellos lugares donde se recibe ayuda de la agencia de cooperación norteamericana o donde se han establecido grupos de marines.

El camino desde el aeropuerto hasta Pétionville fue mi primer contacto con la realidad que se vive a partir del terremoto: escombros, edificios destruidos, basura acumulada, campamentos improvisados y la vida que continúa obstinadamente a pesar de la carencia de todo. Los haitianos caminan dignos, erguidos, elegantes, a los costados de los caminos de cornisa (el país es montañoso en casi un 75%), llevando enormes paquetes sobre sus cabezas. Las niñas van a la escuela (las pocas que quedan en pie después de haberse derrumbado el 70% de ellas) con sus impecables uniformes y peinados elaborados. Los comercios precarios florecen entre los cascotes, donde se apoyan ahora las escasas mercaderías que se pueden ofrecer.

Los fondos de la cooperación internacional, prácticamente, no han llegado a Haití: solo el 3% de lo que se había comprometido arribó al castigado país. Y aquí debemos señalar algo muy importante: no es este el primer suceso climático que los azotó. Desde que se tiene registro histórico, se contabilizan trece grandes terremotos, tormentas tropicales y huracanes que han destruido construcciones y terminado con las vidas de miles personas. Por supuesto, cada vez se organizaron colectas, se asignaron fondos, se diseñaron proyectos pero ninguno ha tenido impacto real en la población. Si no, ¿cómo puede explicarse la inexistencia de construcciones antisísmicas? ¿cómo puede explicarse que aún antes del terremoto de enero de 2010, la Organización Mundial de la Salud informara que la mitad de los niños en Haití no estaban vacunados y solo el 40% de la población tenía acceso al cuidado básico de salud? ¿Cómo podía morir la mitad de los haitianos por HIV, infecciones respiratorias, meningitis, diarreas, cólera, fiebre tifoidea y malaria? ¿Cómo puede explicarse que aún antes del terremoto de enero de 2010, la tasa de analfabetismo en Haití fuera del 52,9% y contara con 15.200 escuelas primarias, de las cuales solo el 10% eran públicas, mientras que el resto se encontraban gerenciadas por organizaciones religiosas y ONG? ¿Cómo puede ser que solo el 67% de los niños asistiera a la escuela primaria y de éstos, solo el 30% llegara al 6° grado?

Todo esto sorprende porque se estima que antes del terremoto, en Haití actuaban 3.000 ONG locales, para una población de poco menos de diez millones de personas. El ex presidente Bill Clinton, enviado especial de Naciones Unidas, informó que Haití es el segundo país a nivel mundial con mayor número de ONG per cápita. Evidentemente, algo no está funcionando bien en la coordinación entre las ONG, los fondos de la cooperación internacional y el gobierno haitiano.

Pero más allá de las instituciones, la vida sigue. Las calles se han convertido en galerías de arte improvisadas: en todas partes se multiplican los vendedores de los típicos cuadros haitianos, de las esculturas en hojalata, de los bordados increíbles en mostacillas, de las esculturas en madera… Varios de los artistas haitianos se enrolan en diferentes escuelas, como la de Cap Haitien (centrado en las escenas de la vida diaria en la ciudad), la de Jacmel (con sus montañas y bahías) y la de Saint-Soleil (caracterizado por las formas humanas abstractas y muy influenciado por la simbología vudú).

Y por supuesto, están los campamentos, más de 1350, que no son otra cosa que estructuras sociales surgidas en la emergencia. Se ubican por todas partes y donde pueden: plazas, parques, estadios, canchas de golf… todo espacio libre fue propicio para instalar a más de un millón y medio de personas que se quedaron sin vivienda. Otras seiscientas mil huyeron hacia zonas del país que no habían sido afectadas por el terremoto que azotó Puerto Príncipe durante 35 segundos el 12 de enero de 2010, a las 4:53 de la tarde.

Las fotografías que acompañan esta nota fueron tomadas en el campamento establecido en el parque Izmery (genéricamente conocido como “Delmas 33”, por la zona donde está ubicado). Los responsables de este campamento (camps managers) son Pierre Michel Tanis, Jhonny Dolice y Jean Claude Germain. Allí se albergan 1213 familias, alcanzando un total de 13412 personas. El término utilizado de camp manager es novedoso y al igual que “tent cities”, proviene del mundo de las ONG anglosajonas; su pomposidad oculta una verdad menos glamorosa: los responsables de los campamentos no perciben remuneración alguna y han sido las circunstancias las que los llevaron a esta posición de liderazgo. Por lo general, son jóvenes estudiantes, o deportistas o pastores o personas que estaban a cargo de alguna organización vecinal, que espontáneamente se convirtieron en voceros, organizadores y conductores de la comunidad.

El trabajo en Haití

Conocí a Yasmina a través de la Red Latinoamericana para la Democracia, de la cual soy miembro fundadora. La mayoría de sus integrantes nos conocemos de manera virtual, pero ello no impide que colaboremos en proyectos comunes. Cuando sucedió el terremoto, de inmediato me contacté con uno de los miembros de la Red que vivía en Haití: Hans Tippenhauer, presidente de la Fundación Espoir y primo de Yasmina. De inmediato, comenzamos a delinear un proyecto para colaborar de manera concreta con las comunidades, manejándonos siempre por correo electrónico. Todo se realizó con mucho esfuerzo y pocos recursos económicos: los pasajes se solventaron con donaciones de amigos y colegas y en Haití nos alojamos en la casa de Hans. Previamente, en febrero, una amiga uruguaya, Rosa Quintana, también había viajado a colaborar en Haití con mucho esfuerzo y la misma escasez de recursos.

Nuestro objetivo como grupo fue colaborar con nuestros conocimientos (ya que no disponemos de otros recursos) para que los líderes y lideresas de los campamentos adquieran herramientas que les permitan identificar vulnerabilidades, diseñar sus propios proyectos y (lo más importante) aprender a consultar a la comunidad para saber qué es lo que realmente desean hacer. También quisimos que los niños recuperasen la alegría de ser (precisamente) niños y que los jóvenes volcaran sus inquietudes a través de la música, el video, la fotografía y la radio. Así, organizamos distintos tipos de talleres: Yasmina y José Antonio Tippenhauer junto con Daniel Ferrú estuvieron a cargo de los talleres de rap, radio, fotografía y video; Mimi Barthelemy se ocupó de los talleres de cuentos para chicos y por mi parte estuve a cargo de la formación de facilitadores, identificación de vulnerabilidades y generación de proyectos comunitarios.

Trabajamos en campamentos y en la sede de la Fundación Espoir, conforme fuera el tipo de actividad que necesitáramos desarrollar. Cada una de las experiencias fueron fuertes y enriquecedoras, porque en unos casos teníamos contacto directo con la realidad de campo, y en los otros, la fuerza de la discusión y la reflexión grupal aportaba puntos de vista impensados al comienzo.

Lo que no sabemos de Haití

No muchas personas saben que Haití (Ayiti) fue la primera nación independiente de Latinoamérica, fruto de una exitosa rebelión de esclavos que la convirtió en el primer país conducido por un gobernante negro y que finales del siglo dieciocho, formaba parte de las regiones más ricas del globo. Tampoco se comenta demasiado que, en 1815, Haití brindó apoyo militar y asistencia financiera a Simón Bolivar, quien se había refugiado en aquel país después de que hubieran atentado contra su vida en Jamaica. Dos años después, el presidente haitiano Alexandre Pétion facilitó a Bolivar soldados, armamento y apoyo financiero para la lucha por la liberación de Venezuela, con la condición de que Bolivar liberara a los esclavos que encontrase en sus luchas por la independencia.

Hay muchas cosas que desconocemos de Haití y no son pocas las que parecen estar ocultas detrás de los escombros: es necesario conocer, difundir y trabajar las temáticas vinculadas a la violencia de género y violaciones en los campamentos, a la niñez en riesgo, a las relocalizaciones y proyectos comunitarios, a los emprendimientos productivos y la concientización en temas ambientales, a la educación en todos los niveles y a la prevención en temas de salud. Con el equipo que formamos pensamos continuar trabajando en Haití y buscando los recursos para que los mismos haitianos puedan dar continuidad a sus proyectos, y que lo aprendido de esta experiencia sea útil para replicar en otros escenarios de la región. 

(base del artículo publicado por el suplemento "Comunidad" de La Nación)